miércoles, 30 de septiembre de 2009

EL TANGO EN LOS CAFES DE BUENOS AIRES

El cafè porteño fue uno de los clásicos refugios tangueros. El trabajo que sigue, un tanto extenso, trata de sintetizar esa relaciòn a travès de la historia. Poca certeza se tiene sobre el origen de esa aromática bebida. Se cree que el cafeto es originario de Etiopía donde lo conocieron los primeros árabes mahometanos que llegaron huyendo de la persecución de los mekitas. De regreso lo llevaron a la Meca e hicieron las primeras plantaciones. Desde Arabia se extendió a Egipto y a Constantinopla. En esta ciudad se habría abierto el primer café público hacia 1554.

En el siglo XVII Solimán Agá, embajador del sultán en la corte Luis XIV, hizo conocer la bebida en París, donde en 1682, en una de las esquinas del solar que hoy ocupa el Louvre, se abrió el primer establecimiento europeo que servía café a sus clientes. Desde entonces mucha tinta ha corrido en homenaje a esos cálidos reductos donde la amistad se hizo un rito.

En busca de una definición copio a Antoine de Rivarol(*): “el café era el lugar donde, durante mucho tiempo, se iba a tomarle el pulso a la literatura, a la música y a la política". La síntesis, aunque bastante feliz, es incompleta sin esta otra de Ezequiel Martínez Estrada: "los cafés vinieron a dar residencia a la tertulia fuera del hogar y a reemplazar en cierto modo a la familia”.

Eso fue el café: sitio de reunión, lugar de encuentros, albergue de sueños y soledades; una institución fundamental de nuestra cultura porteña, "el club menos oneroso al alcance de todos los bolsillos, sin mas reglamento, disciplina y obligaciones que la convivencia humana"; fue el paraíso del hombre libre como sentenciara Theodoro de Bauville.

En Buenos Aires su existencia se remonta a la época colonial y si bien su tradición viene de España, el café porteño constituyó una síntesis perfecta del café europeo y la pulpería criolla.

Los primeros cafés tuvieron su asiento en torno de la Plaza Mayor: tal el llamado Almacén del Rey con existencia documentada en 1764 -según José Torre Rivello- ; el café La Amistad instalado en el bajo de la Alameda en 1779 y el famoso Café de Marcos (o Malcos como citan otros) ubicado en las actuales calles Bolívar y Alsina, donde se albergaron los fervores revolucionarios de nuestros patriotas en la primera década del siglo XIX. En 1820 Buenos Aires registraba 17 establecimientos similares.

Hacia 1840 hubo otro Almacén del Rey sobre la calle Victoria entre Defensa y Bolívar: fue el que fundara don Manuel Rey. La revista Fray Mocho del 9 de mayo de 1915 en un interesante artículo titulado “Un agujero histórico: El almacén Rey” nos da precisas referencias:

“Este almacén lo fundó don Manuel Rey allá..allá por el cuarenta y tantos...Don Manuel Rey era porteño. Caudillo de su barrio y hombre amigo de la política...Unitario! Como el hombre movía gente y no comulgaba con la divisas colorada, don Juan Manuel no tardó en darle pasaporte para la vecina orilla. Don Manuel Rey se radicó en Montevideo. Allá fue algo así como vista de aduana y tuvo un fondín que frecuentaron Mitre y otros emigrados. A la caída de Rosas, volvió Rey a su negocio de la recoba (sic), a este mismo agujero, y empezó a elaborar los mentados “Cigarrillos Rey”de tabaco negro que entonces eran los preferidos de la gente de copete. También vendía la mejor yerba de plaza. Con la aparición de “El Toro”y después “La Hija del Toro” los cigarrillos de Rey pasaron de moda. En 1865 don Manuel tomó como dependiente a otro Manuel, don Manuel Teigeiro...Andando los años don Manuel Teigeiro se asoció con Rey y mucho después quedó como único dueño del almacén. A don Manuel Teigeiro sucedió su sobrino don José Gómez Teigeiro....” quien continuó con la tradición de las famosas empanadas Rey.

Este establecimiento, al que concurría como clientes lo mas granado del mitrismo (el general Emilio Mitre, Juan Bautista Peña, el general Iriarte, Plácido Obligado, Narciso Aguirre, Guillermo Udaondo, los hermanos Sáenz Valiente y otros ilustres apellidos de la época) desapareció durante la década de 1940.

Por su parte, Lafuente Machain, en su libro “Buenos Aires en el Siglo XVIII” refiere -hablando de los cafés- que "el primero que vemos citado es el llamado De Los Trucos que dio nombre a la cuadra sur de la Plaza de Mayo", aunque lo ubica diez años después que la aparición del primitivo Almacén del Rey. El café De los Trucos tomaba su nombre precisamente de las mesas de truco "no por el juego de naipes conocido después con ese nombre, sino por una especie de billar", que consistía en embocar bolas en unas troneras dispuestas en el perímetro de las mesas. Es decir, el tan popular snooker de nuestra juventud o el pool de los dias actuales.

Con el tiempo, otros cafés se instalaron en el mismo entorno de la Plaza Mayor: el Café de la Comedia (Reconquista frente a la iglesia de La Merced), el Café de la Victoria en la calle del mismo nombre (hoy Hipólito Yrigoyen), establecimiento de gran categoría frecuentado por la élite porteña; el Café de Los Catalanes, también vecino de aquel templo y que "poseía una gran sala y un patio de regulares dimensiones que en verano se habilitaba con mesas para atender a la concurrencia". Este renombrado café y casa de comida era famoso por su "mondongo a la catalana" cuya cocinera -su dueña-, una robusta barcelonesa, hacía las delicias para el paladar de los comensales. Algún humorista de la época solía citar al establecimiento como el "mondongo de la catalana", en obvia alusión a la obesidad de la propietaria.

En el Gran Mapa Mercantil de la Ciudad de Buenos Ayres litografiado por Kratzenstein en 1870 aparecen sobre la calle Rivadavia nº 99 -de la antigua numeración- el Café del Plata; en el 192 el Café Lavigne; en el 217 / 219 el Tortoni de Touan; en el 236 el Café Hotel Cancha de Cipriano Oteiza y en el 254 el Café Biarritz. En la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) nº 193 el Café Restaurant de Lion. También sobre Piedad en el nº 295 figura el Café de San Miguel, ubicado, curiosamente, frente a la actual Iglesia del mismo nombre cuyo predio, por esos años, era ocupado por la panadería de Justo Ruiz y la tienda de Amado Hnos. En Cangallo 280 figura el Café de los Artesanos y unos metros más adelante el Café des Arts et Metiers. Por la calle Victoria, en el nº 220, se encontraban el Café de Carlos Tonazzi; en el 296 el Café de la Paz de Luis Bianqui y sobre el 346, la Confitería del Teatro Victoria de Gerardo Bertazzi.

Por 1868 el aristocrático Café de París de la calle San Martín “es el único que merece consideración entre los establecimientos análogos de media América. Tenía en el piso superior saloncitos para comidas privadas y el comedor general, con ocho espejos y ni una sola ventana, brillaba de limpio”. (Rafael Alberto Arrieta. Centuria Porteña. Espasa Calpe 1947)

También muchas pulperías se asentaron en el casco céntrico de la ciudad. Hacia 1829 en calle Florida, muy próximo a la traza de la actual Avenida de Mayo, funcionaron varias. En los números 72, 123, 127, 149, 182 y 183 estaban respectivamente las pulperías de Juana Rama, María Beja, José Judas, Diego Hermosín Delfinos y Juan Piranez. Muy cerca, en la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento, solar que ocupa la tradicional farmacia La Franco) estaba por 1839 el Almacén del Plata que años después, en 1866, cambió su nombre por el de Almacén Florida. Era un típica pulpería, donde se vendían comestibles, bebidas, herramientas y no faltaba naipe, guitarra y cantor.

En realidad estas pulperías devienen en almacenes – tan populares en todo Buenos Aires- manteniendo el despacho de bebidas. De ahí la común denominación de Almacén y Bar que en realidad se constituiría en el café de barrio, primer lugar de encuentro de los muchachos y viejo refugio de los veteranos vecinos.

Queda en claro entonces, que bajo el rubro de Cafés quedan involucrados los viejos almacenes con despacho de bar, las fondas con patios emparrados, los peringundines, también algunos boliches de dudosa definición y los reductos esquineros de las barriadas porteñas.

En todos estos sitios se cobijó el tango, desde lo días de su gestación y nacimiento, hasta los tiempos gloriosos de su máxima expansión. El café fue, de modo indiscutible, uno de los medios mas eficaces para la difusión del tango y la consagración de músicos y cantores... Los bailarines triunfaban, mas bien, en salones y cabarets, sitios donde el baile era de rompe y raja.

A esta altura del relato advierto que el territorio que nos convoca es, inexorablemente, el pasado, ya que en nuestros días no hay cafés tangueros, cafés con palquitos y orquestas, ni siquiera cafés que sean –como decía Sacalabrini Ortiz- un fortín de la amistad.

Buenos Aires es dos ciudades a la vez. Una la que vivimos cotidianamente en nuestro ajetreado transitar; una ciudad sin pausa y con mucha prisa, sin lugares donde ejercer ese mentado hábito porteño de ir al café. Otra, es la Buenos Aires que tenemos en la memoria y en el corazón, la que nos legaron los tangos y los poetas, la ciudad de la calle que nunca duerme, la del hombre que está solo y espera, la Buenos Aires del ensueño....

Esta segunda ciudad es el territorio de este trabajo.

Muchos de los cafés que habré de recordar no eran sino pobres almacenes que ofrecían generosamente sus mesas para el encuentro de la amistad. Otros, en cambio, eran verdaderos apostaderos de guapos, malandras y hombres de temple. Los cafés del centro tenían el brillo de las luces y la atracción de sus marquesinas y letreros.

¿Por dónde comenzar? Quizás por el sur, porque se dice que allí habría nacido el tango, aunque como lo afirma Borges, esos son puros embelecos. El tango nació en todas las esquinas del suburbio, su único punto cardinal fue el alma rioplatense. Pero vamos para el sur. Empezaremos con una recorrida por los cafés de la ribera.

¿Cafés o cafetines? En el deslinde de la ciudad y a orillas del Riachuelo se gestó una mitología de boliches – fondines, bodegones y otras yerbas- en torno de la calle Pedro de Mendoza con su cosmopolitismo ultra en que se oyen todos los idiomas y dialectos imaginables, con su ferrocarril que llegaba hasta la esquina de Pedro de Mendoza y Brown, lleno de curvas y desvíos y con su Ribera llena de instalaciones mecánicas y corralones. La cita es de Manuel Bilbao, de su libro Buenos Aires desde su fundación, publicado en 1902 por la Imprenta de Juan A. Alsina.

Y ahí nomás, en Suárez y Brandsen, según lo sostiene Antonio J. Bucich, estaba en Café de los Negros, así llamado porque, obviamente, concurría mucha gente de color. Los negros fueron los primeros en hacer música en los cafés de la Boca. Y el tango se asentó de hecho y de derecho en el entonces llamado Bailetín del Palomar conocido también como el Boliche de Tancredi, que por 1878 abrió sus puertas en la famosa esquina de Suárez y Necochea. Tancredi – en persona- le cobraba a los bailarines, cinco centavos la pieza y para que ninguno bailara sin pagar, la cobranza la hacía con una mano mientras en la otra empuñaba un trabuco. Tanta fue la fama de este cafetín, que Bossio arriesga esta tesis: Entre cánticos xeneixes y ligures, el tango perfila su figura guapa, pura estirpe latina, que si no nació en la Boca o en lo de Tancredi es, al menos, consecuencia del aporte que el barrio y el salón han dejado para la historia de la música de Buenos Aires.

Nuestro recordado Enrique Ricardo del Valle, en notas críticas a los Textos eróticos del Río de la Plata de Robert Lehmann-Nitsche (Librería Clásica – Bs.As. 1981) dice que el mal afamado café Tancredo estaba situado en la zona de los prostíbulos de Buenos Aires. Por su parte, Juan E. Jorge (La policía de los bailongos- Revista de Policía año XXXIII 1930 pag. 187) refiere: que allá por la época anterior a la fecha amarilla, en 1870, existía en las casillas de madera de los potreros cercanos a la estación Brown del ferrocarril a la Ensenada, una casa de baile público denominada La Pandora de Tancredo y donde la marinería de los buques del cabotaje del Riachuelo, las peonadas de los saladeros y barrancas, como también los troperos de las carretas que venían del Sud para llegar a la Plaza Constitución con lanas y cereales, acudían todos a pasar un rato de diversión en aquel local, por los candombes estaban en la parte Norte de la ciudad de Buenos Aires.

El gran Pirincho Canaro tuvo su primer contrato en un café de La Boca, el Royal, conocido también como Café del Griego debido a que su dueño era don Nicolás Bardaka, griego de origen como fácilmente lo denuncia su apellido. Estaba enclavado en la nombrada mítica esquina de Suárez y Necochea. Canaro componía entonces un trío con Samuel Castriota, pianista (autor del tango Lita llamado después Mi noche triste) y Vicente Loduca, ejecutante de bandoneón instrumento que por primera vez intercalaba en mi conjunto según lo afirma Canaro en sus Memorias

Frente al Royal había otro café de igual importancia y modalidad, donde tocaban los hermanos Vicente y Domingo Greco y a la vuelta, en el 275 de Suárez a unos treinta metros de distancia, estaba el café La Marina, en el que actuaba Genaro Expósito conocido como el tano Genero, integrando un trío que completaban, nada menos, Agustín Bardi en piano y José Camarano, el tuerto, en guitarra.

En la vereda opuesta a La Marina se presentaba Roberto Firpo y en una cantina de Suárez y Necochea, haciendo cruz con el Royal, existían un gran Café-Concert, uno de los más importantes de La Boca, donde entretenía a los parroquianos el papa del Tango: don Angel Gregorio Villoldo.

En el Royal, una noche de 1909, después de que actuara el trío de Canaro, un muchachito flaco, con aire entre compadrito, romántico y bohemio, desenfundó su fueye y con el permiso de todos, estrenó su primer tango: era Eduardo Arolas (Lorenzo Arola), y su tango Una noche de garufa.

Más o menos por el Centenario apareció en un café de Patricios y Olavaria otro trío, dirigido por quien sería, con los años, el músico consular de La Boca: Juan de Dios Filiberto. Curiosamente debutó como músico en la misma esquina donde solía ejercer sus habilidades de lustrabotas para llevar algunas chirolas a su casa. Pero hubo en La Boca un café de grato recuerdo para todos los historiadores del barrio: La Fratinola enclavado en la esquina de Martín García y Patricios. Era feudo de dos grandes bandoneonistas: Arturo Berstein, el aleman y el Yepi, cuyo verdadero nombre era José María Bianchi que andaba siempre cargado con trabuco en la cintura La Fratinola fue un reducto famoso por sus noches de tangos y trifulcas. Cadícamo nos da mas señas: La Fratinola era un café que sacaba un muerto o dos por noche sin darles contraseña.

Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de la cabal importancia que tuvo el barrio de La Boca para el tango; tanto que le hizo decir al escritor Ignacio B. Anzoátegui que el tango nació en La Boca con el acriollamiento alerta de los hijos de italianos. No se si ha sido así, pero bien vale como metáfora para señalar la influencia de esta inmigración y de este barrio en los primeros tiempos de nuestro arte.

Pero, tengo que dejar La Boca para seguir la recorrida por otros barrios y lo voy a hacer desde el Café Marconi:

Viejo Café Marconi donde actuaban
los tres hermanos Paulos y Luiggin
Tus tangos eran tristes y lloraban
en el fuelle y en las cuerdas del violín

Cadícamo recuerda a los hermanos Peregrino, Jorge y Roque Paulos. El primero autor de un famoso tango al que luego Luis Rubinstein le pusidera letra: Inspiración, que nació con el título de 7* Regimiento de infantería. En el Marconi, situado en Olavaria al 600, actuó también el Pibe Wilde, el bandoneonista Carlos Marcucci, que fuera integrante del famoso sexteto de Julio de Caro y uno de los más grandes fueyes de toda la historia del tango.

De la mano del recordado don Enrique Horacio Puccia vamos a deambular por Barracas, su barrio, su pasión. En el Café del Vasco de Olavaria y Azara, debutó a principios del siglo XX Juan Maglio, Pacho ( castellanización de patzo, loco) con su famoso cuartero; y en el palquito del T.V.O, allá por Montes de Oca 1778, abierto un día de 1912, pasaron todos los grandes del tango: Eduardo Arolas, Agustín Bardi, Julio De Caro, Juan Carlos Cobian, Genaro Expósito, Graciano de Leone, Arturo y Luis Berstein, Carlos Hernani Macchi, Tito Roccatagliatta, Luis Brignolo, Alpidio Fernández –autor del tango TVO- José Martinez, Samuel Castriota, el gordo Bazán....

Arolas, que era muy buen dibujante, había diseñado un pizarrón en el que tizas de colores, escribía los títulos de las composiciones que iba a interpretar, enmarcándolos con guirnaldas de flores y otros adornos. Recordemos que Arolas dibujó la carátula de su tango Rocca, dedicado al don Santiago Rocca, uno de los patriarcas del tradicionalismo.

Don Agustín Bardi y Arolas trabajaron también en El León en la esquina de Montes de Oca y Australia, hoy Quinquela Martín. En Montes de Oca y Brandsen estaba el café El pensamiento –título de uno de los más bellos tangos de José Martinez-. Allí cantó Ignacio Riverol haciendo dúo con el gran actor Francisco Alvarez cuando éste se dedicaba al canto y a la guitarra antes de entregarse a la tablas. Otro cantor que anduvo por El pensamiento fue Ángel Greco, el autor de Naipe marcado, hermano de Vicente. Y vale una mención para el trio de Filiberto que, como él mismo lo recuerda, más que un trío musical, parecía un terceto de solistas, porque los tres tocaban a destiempo y cada uno por su lado.

Según don Miguel Caminos el tango nació en los Corrales Viejos, nombre que ha quedado para la mención de los historiadores porque la ciudad no sólo no ha conservado testimonios materiales de su pasado, sino tampoco ha protegido su memoria histórica. Hoy el barrio de los Corrales Viejos se llama Parque de los Patricios.

Nació en los Corrales Viejos
allá por el año 80.
Hijo fue de la milonga
y un pesao de arrabal.
Lo apadrinó la corneta
Del mayoral de tranvía
y los duelos a cuchillo
le enseñaron a bailar

En los Corrales encontramos a fines del siglo XIX actuando a Villoldo con su guitarra y su armónica adosada mediante un ingenioso soporte, en el café conocido como La Tapada, en Casero casi Dean Funes. Era también bar y restaurante. Y ya entrado el siglo XX talló fuerte el Café Benigno –primero en Rioja 1910, después en el 2177- En el Benigno, dice Bossio, gravitaba Homero Manzi entonces militante del radicalismo de la sección de Boedo y San Juan y por las noches dominaba la presencia de Julian Centeya acompañado de Celedonio, Lopecito, Barbieri el guitarrista de Gardel y su hijo Alfredo y otros amigos. Allí paraban también Pascual Biafore, pianista, autor de Dios te salve, Antonio Buglione el compositor de La maleva, el Zurdo Fernando Franco, violinista, autor de Noche de amor y el Negro Eduardo, (Floreano Benavento su nombre), guitarrista y fueyero, de quien dijo Oscar Zucchi que era genial ..y Cátulo lo viera como un astro moreno, refulgente y siempre alcoholizado, señor del bandoneón, rey de la zurda....

Los hermanos Bates citan en su Historia del Tango de 1936, el éxito que tuvo durante muchos años Rafael Iriarte en el café de Rioja y Salcedo. Iriarte actuaba con un cuarteto: él en guitarra, Pepe Ferro en fueye, Ferrazano en arpa y Rodríguez –luego reemplazado por Ricardo Brignolo (La Nena) y luego por Elvino Vardaro, en violín...

Y dejamos Patricios no sin recordar a la Cofradía de los Corrales Viejos donde hoy se mantienen las tradiciones del viejo del barrio y nos damos una vuelta por Boedo.

Sos barrio de gotán y la pebeta
el corazón del arrabal porteño
cuna del malandraje y del poeta
rincón cordial
La capital
del arrabal

Boedo ha sido y es barrio de tango. Estos son versos de Dante A. Linyera alias de Francisco Bautista Rímoli, –muy pocas veces cantados- Fueron puestos a ese tango impar de Julio de Caro que se titula precisamente Boedo. No voy a repetir todos los cafés con historias de tango que se albergaron en este barrio que, curiosamente, no fue oficialmente barrio sino recién a partir de 1972.. Pero, ahí está como un testimonio vivo de todos ellos, la esquina de Homero Manzi, que fue sucesivamente el Café del Aeroplano, el Nipón después del 30, el Canadian a partir de 1947 y desde 1960 lleva el nombre actual donde, según lo quiere tradición tanguera, Homero habría escrito la letra de su tango Sur. .

En cambio nos iremos a recorrer la Calle Corrientes, que como dijera Héctor Gagliardi, es de todos y de nadie / va cruzando Buenos Aires / airosa, gallardamente / como una piba porteña / que no ha cumplido los 20.

Corrientes es la calle del tango por antonomasia. Por supuesto que la memoria tanguera de Corrientes la evoca sobre todo cuando era angosta, cuando aún la piqueta no había hecho su obra de ensanche para abrirle un cauce generoso a los muchachos de las otras barriadas que por las noches convergían en Corrientes en busca de su cobijo y su tutela. Corrientes atraviesa varios barrios: el centro o sea San Nicolás, el Abasto es decir Balvanera, Villa Crespo, Chacarita....

En la esquina noroeste de Corrientes y Esmeralda estaba, allá por 1914 cuando Corrientes era angosta, el Café Guaraní, donde el dúo Gardel-Razzano tenía mesa propia reservada toda las noches. En la esquina SO de Corrientes y Cerrito estaba el llamado Café Lloveras, que luego fue el célebre Café El Nacional llamado con propiedad La catedral del tango. En este local actuó Villoldo acompañándose con guitarra y armónica. En 1916 se trasladó a Corrientes entre Suipacha y Pellegrini, sobre la misma cuadra del Café Los Inmortales. En el palco de El Nacional actuaron los puntos más altos del tango. El dia de la inauguración actuó la orquesta de Roque Biafore, anunciada con un cartel lleno de luces. Curiosamente el primer cantor que actuó en El Nacional fue Marino, Francisco Alfredo Marino, el autor de El ciruja; y el último también fue Marino, Alberto Marino, el 15 de diciembre de 1952.

Un café que no debe quedar en el olvido, es La oración, que estaba ubicado en Corrientes 1115 frente a la iglesia de San Nicolás de Bari antes de la apertura de la avenida 9 de Julio. Por 1915 fue el reducto tanguero de Augusto Berto, en cuyo conjunto actuaban Peregrino Paulos, Julio Doutry (violines), Luis Tesseire (flauta) y José Sassone (piano). En este café Berto estreno su tango Recóndita.

En la esquina que ocupó el primitivo El Nacional, donde hoy hay una sucursal bancaria, estuvo el Almacén El Verde, que Enrique Horacio Puccia recuerda con mucha precisión. Fue un local tanguero como que actuó durante mucho tiempo Juan Maglio Pacho, acompañado por Augusto Berto.

Pero Corrientes también tuvo otra catedral tanguera: el Tango Bar en el 1269 por cuyo palco desfilaron innumerables orquestas, cantores, solistas...Recuerdo haber visto a Horacio Salgan con Angel Diaz, a Francini-Pontier con Rufino, a Alfredo Belusi, a Horacio Deval... Como una mera curiosidad voy a mencionar a El estaño, situado en la esquina de Corrientes y Talcahuano, exactamente Corrientes 1302. Se dice que allá por los años 20 allí trabajó como mozo un griego adolescente que llegaría a ser famoso: Aristóteles Onassis. Pero no menciono su fama por ser magnate petrolero ni por haberse casado con Jacquelino; lo hago porque los memoriosos cuentan que solía servirle el café a Carlitos Gardel.

Y no puedo dejar en el tintero al Café Domínguez (de la vieja Calle Corrientes que ya no queda / de cuando era angosta y la gente / se mandaba el saludo / de vereda a vereda/ según lo escribió Cadícamo en Viento que lleva y trae). En el Domínguez – Corrientes 1537, entre Paraná y Montevideo) se escribió parte de la historia grande del tango. Allí paraban y actuaban Graciano de Leone, Rafael Tugegols, Roberto Firpo, Juan Maglio, Francisco Canaro, Paquita Bernardo, De Leone estrenó en el Domínguez su hermoso tango Tierra negra. Un dato para la historia de los cafés. En el Domínguez se instaló la primera máquina de café-express que hubo en la Argentina.

Voy a saltear algunos cafés para no extenderme demasiado. Al lado del Domínguez estaba el Café Iglesias donde supieron actuar Firpo, El tango Genaro, Pedro Mafia, Carlos Marcucci en otros. Y entre los muy nombrados cafés de la calle Corrientes estaba El Pasatiempo ubicado en Paraná 425 que fuera arredando por Juan Maglio y bautizado como Café Pacho. Cadícamo lo recuerda así: ¿Y El pasatiempo? Famoso / de la calle Paraná / donde al decir verdad / era un lugar tenebroso..

Vecino del Once –ya por la zona de Balvanera- era el Café Gariboto que conocí en dias de mi inafancia cuando mi viejo me dejaba acompañarlo los sábados a su consabido vermut. Estaba en la esquina de San Luis y Pueyrredón. Cuando yo lo conocí no era ya un boliche tanguero, pero en su ámbito aún resonaban los ecos de aquel fueye macho del glorioso Pacho que compuso allí su tango ¡Qué papelón!

Ya entrando a Villa Crespo, sobre Corrientes y del Carril estaba el Café La Morocha que en los dias del Centenario fue reducto exclusivo de los hermanos Santa Cruz: Domingo en el fueye, Juan en el piano...Y hubo un café ubicado en la esquina de Corrientes y Medrano que la inventiva popular bautizó como Café de los loros, porque allí paraban los guardas y motormans de los tranvías Lacroze que llevaban uniforme verde. A este mojón tanguero supo llegar con sus notas el trio de Berto, Canaro y Salerno en tiempos fundacionales del tango. Digamos de paso que muy cerca, en Corrientes y Serrano estaba el famoso café Venturita donde también actuaba este trío.

Hubo muchos otros cafés sobre la calle Corrientes y sus adyacencias que merecerían recordarse, pero resulta imposible nombrarlos a todos. Es que para esas décadas iniciales del siglo XX el tango copó de tal manera los cafés y todos los sitios donde podía levantarse un pequeño tablado, que prácticamente no hay barrio, que no haya tenido sus lugares de tango. Si yo preguntase a boca de jarro, ¿hubo tango en Belgrano? Estoy seguro que muchos dudarían y que pocos podrían responder afirmativamente citando lugares, porque Belgrano, en apariencia, estuvo un tango alejado del tango...Aún después que fue integrado al municipio de Buenos Aires, conservó su aire de pueblo bucólico, con sus quintas, sus costumbres, su modo de vida muy distinto al de la ciudad.

Sin embargo podemos hablar y mucho del tango en Belgrano. Especialmente en el Bajo Belgrano donde en los primeros años del 1900, en la antigua esquina de Blandengues y Echeverría estaba instalado un curioso boliche llamado La papa grossa. Era un amplio local con despacho de papas y carbón y un generoso espacio para tomar café, jugar a los naipes, taquear al billar y oir tangos. En verano habilitaban la glorieta en la parte posterior. Aunque no está registrada la fecha, allí cantó Gardel y actuaron muchas orquestas, aunque la más consecuente fue la de Pedro Mafia.

Otros cafés del bajo que merecen recordarse, fueron La Fazenda, La pajarera y La cancha de Rosendo. En La Fazenda hacia 1903 actuaba el trio de Eusebio Aspiazu (el cieguito) en guitarra, Ernesto Ponzio (el pibe) en violín y Felix Riglos en flauta a los que después se sumo el gordo Juan Carlos Bazán con su clarinete. Este cuarteto pasó después a alegrar las noches de un sitio poco recomendable, La milonga de Pantaleón, vecino al Hipódromo de Belgrano. En La cancha de Rosendo, Blandengues y Mendoza, propiedad de Rosendo Drago, actuaron Vicente y Ernesto Ponzio, el tano Genaro, Juan Carlos Bazán y otros músicos de esos ltiempos.

Y aunque más que café, era confitería, no podemos olvidar a la llamada Confitería de la Estación cuyo verdadero nombre era Confitería de La Paz, ubicada sobre el mismo andén de la estación Belgrano C. Se la había inaugurado en 1876 junto con el ferrocarril. Allí a finales de los años 40 debutó el cantor Jorge Vidal y entre muchos otros, allá por 1943, un jovencito llamado Alberto Morán, todavía desconocido para el gran público, llenaba las noches cantando con la orquesta de Cristóbal Herreros.

Si de Belgrano nos trasladamos al vecino barrio de Palermo, además del mítico Hansen cuya historia merecería una charla autónoma, recordaremos otro café con mucha memoria tanguera: La Paloma. Estaba ubicado en la esquina de las actuales avenidas Santa Fé y Juan B. Justo, aunque en los tiempos iniciales de este café, el Maldonado aún no estaba entubado y esta última avenida no existía. La callecita que corría por su costado norte se llamaba Almeida. Ese café –al que conocí llevado por mi padre allá por la década del 40- era el feudo de Juan Maglio. El comisario Francisco L. Romay recuerda en sus memorias que era un boliche pesado, y que en mas de una ocasión debió intervenir de modo duro para ponerle freno al sabalaje..

Un poco más hacia el centro, en la esquina de Santa Fé y Canning, estaba el Café Atenas donde brillara un cuartero integrado por los dos hermanos Santa Cruz, Carlos Hernani Machi y Alcides Palavecino. Cadícamo, el gran cronista de Buenos Aires, lo recuerda con estos versos:

En aquel café
de Canning y Santa Fé
donde se tocaban los tangos de Villoldo
el Choclo y Yunta Brava
y florecían las biabas
de Aparicio el caudillo
y el Chino Andrés.

Por Canning hacia Córdoba, es decir tirando para Villa Crespo, estaban otros cafés tangueros. En la esquina de Costa Rica estaba el Maratón donde supieron hacer roncha Manuel Aróztegui, Manuel Firpo y Paulino Fasciola con un trío que una noche, por cuestiones del momento, armó una batahola con algunos parroquianos, terminando a los tiros.

Un poco más adelante, en la esquina de Córdoba que entonces se llamaba Rivera, estafa el famoso ABC el café donde se lucía el bandoneón de José Marmón, Pepino. En sus primeros tiempos con el tango, también actuó Eduardo Arolas. Así lo recuerda José Portogalo:

All ABC de Canning y Rivera
llegué cuando Valija se afilaba los dedos
y en París para siempre se iba hacia el olvido
aquel que la fama le nombra Eduardo Arolas.

En esa esquina del ABC vocea sus diarios Saccomano, que fuera acusado injustamente de la muerte de la telefonista Silvia Salas y provocara aquellos recordados versos de Andrés Cepeda:

Diosa Themis, Saccomano
Es un Dreyfus argentino.

Y en la historia ha quedado para siempre el Café La Cancha de Rivera (hoy Córdoba) y Godoy Cruz, a lado de las vías, donde una noche de 1921 debutó en el piano Osvaldo Pugliese acompañado por Domingo Fallace en bandoneón y Alfredo Ferrito en violín.

Todos los cafés de la zona, Palermo y Villa Crespo, fueron tangueros. En 1914 en el que estaba en Las Heras y Bulnes se lucía al frente de su conjunto Adolfo Perez, Pocholo. En el Recreo Las Heras, frente a la iglesia de San Agustín, por 1924, hacía roncha Pedro Laurenz…Y si hablamos de Palermo no podemos olvidar, como dijimos, el mítico Hansen,- ubicado donde hoy está el planetario- que nunca se llamó así, sino Restaurante 3 de Febrero, fundado por el alemán Juan Hansen hacia 1869, quien lo administró hasta 1892, fecha de su muerte.(3-4-892). Entre este año y 1903, tuvo la concesión otro alemán, Baltasar Monsch y desde el 8 de marzo de ese año, cambiando su antiguo nombre por el de Restaurante Recreo Palermo, Antiguo Hansen, lo arrendó el lombardo Anselmo Tarana. Y finalmente , entre 1908 y 1912 , en que fue demolido, los concesionarios fueron los señores Payot y Giardini,. Por el palco del café de Hansen pasaron los más famosos tangueros de la época primera: Firpo, Pacho, Castriota, Bevilacqua, Ponzio, Villoldo por nombar sólo algunos.

El Hansen , según la colorida pluma de Felix Lima en sus habituales crónicas publicadas en Caras y Caretas, quedaba a mitad del derecho de la Avenida de las Palmeras pasando la Estación Palermo del Ferrocarril a San Fernando y a la derecha yendo en dirección del río. Centeneares de lamparitas de luz eléctrica en el frente. Iluminación a giorno....Las mesas con cubiertas de mármol muy pesadas...”

Aún persiste la discusión sobre si en el Hansen se bailaba o no. Según Lima esta prohibido el bailongo pero, a retaguardia del caserón, en la zona de las glorietas, tangueábase liso, tangos dormilones de contrabando. Los mozos hacían la vista gordo. El tango estaba en pañales....Solamente lo bailaban las mujeres alegres... Felipe Amadeo Lastra que lo alcanzó a conocer y visitar, afirma en su libro Recuerdos del 900 no se bailaba. Pero contrariamente don Adolfo Bioy (padre de Adolfo Bioy Casares) en su trabajo Antes del 900 cuenta que en el Hansen se bailaba el tango antes que esta danza hubiese alcanzado a estar de moda en los salones de la ciudad. Allí íbamos de cuando en cuando a ejercitar nuestra cualidades de calaveras....Una noche fatídica Pepe Arredondo, mientras bailaba un tango, cayó en un entrevero de una heridla mortal en el corazón. (Años después Bioy corrigió esta afirmación: el hecho había en el Pabellón de las Rosas y no en el Hansen)

Según el payador –e investigador- Victor Di Santo, en el primitivo Hansen nunca se bailó ni se tocaron tangos que recién llegaron en la época de Tarana. En estos años ocurrió la anécdota que solía narrar Villoldo acerca de su tango El esquinazo que era seguido con tanto entusiasmo por la concurrencia que, para acompañar los golpes que salpican el tema, utilizaba las copas, los platos e incluso las botellas de las mesas. Fue así que la primera noche que se ejecutó hubo una gran rotura de estos enseres. Tarana puso de inmediato un cartel prohibiendo la ejecución de El esquinazo.

Contemporáneo del Hansen era El Tambito o El Kiosquito, (llamado indistintamente) cuyo arrendatario era don Vicente L. Casares. Su origen se remonta a 1877 cuando el 1 de octubre se firmó el convenio entre la Comisión Auxiliar del Parque Tres de Febrero y el señor Casares que se comprometía a pagar un alquiler mensual de cuatrocientos pesos moneda nacional por cinco años. El 31 de agosto de 1888 aparece la firma Constan Fernán y Cia pidiendo arrendar el llamado Kiosco Casares, lo que hace presumir que durante el primer año funcionó sólo como tambo y luego fue desocupado.. Funcionaba en un chalecito en la Avenida Casares, que aún perdura con algunas reformas, y que fuera hasta no hace mucho asiento de la Secretaría de la Juventud del Gobierno de la Ciudad.

Roberto Firpo solía recordar también a un arrendatario al que llamaba don Juan y sostenía que Ernesto Ponzio (El pibe Ernesto) había bautizado de tal modo su famoso tango en homenaje al arrendatario del Kiosquito o Tambito. Hacia 1890 actuaban Eusebio Azpiazú, el cieguito, len guitarra, Pascual Romero, Vicente Pesce y el tano Roque. En el Tambito ocurrió un grave hecho de sangre: en una pelea de patotas entre niños bien y malevos, fue muerto de una puñalada el joven Juan Carlos “Vidalita” Argerich de la alta sociedad porteña; el matador fue José “Cielito” Traverso, uno de los dueños del Café O´Rondeman del Abasto donde cantaba y paraba Gardel, quienes además eran lo que hoy llamaríamos punteros políticos de don Benito Villanueva

Y aunque sea con una breve mención, debemos recordar otros lugares del Parque Tres de Febrero que fueron famosos sitios de tango: El Velódromo, El Pabellón de las Rosas y pegadito a este, el famoso Armenonville donde debutaran el 31 de diciembre de 1913 Gardel-Razzano y donde también actuaran durante muy poquito tiempo, los integrantes de un duo cómico quedaron para siempre en la historia del cine :mundial: Laurel y Hardy o el Gordo y el Flaco. El primer Armenonville funcionó en un local sito en Avenida Alvear y Tagle; hacia 1930 después de ser desalojado de este predio por la Municipalidad, abrió en Canning y Figueroa Alcorta. Años después el establecimiento pasó a llamarse Les Ambasadeurs...y finalmente fue sede de Canal 9. Hoy ha sido demolido y se está construyendo.

En el Armenonville actuaron las orquestas de Vicente Greco, Roberto Firpo, de Francisco Canaro, también lo hicieron Eduardo Arolas, Nicolás Verona y muchos famosos más. En el Armenonville se realizaban los famosos Bailes del Internado

Y acaso otro sitio con memoria tanguera sea el Palais de Glace que aún hoy existe y es un centro cultural. Allí se dieron famosos bailes y ocurrió también el incidente en el cual Gardel recibió el balazo que se alojo en su pleura y nunca le fue extraído.

Cafés y tangos fueron indisolubles a fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. Esos escenarios hoy desaparecidos para nuestro arte, cobijaron a las más grandes figuras en noches de perdurables memorias Por eso el tango no se olvidó del café. Ahi están Armenomville, ese formidable tango de Juan Maglio Pacho –citado además en muchos otros tangos-., Café La Paloma, de José Guardo, El Estribo de Vicente Greco, Café El Nacional de Francisco Cafiero, Viejo café Nacional de Francisco Parisi, Viejo café Germinal, de Juan Larenza y Marsilio Robles, Viejo café Politeama de Claudio Román, Royal Pigall de Juan Maglio, y tantos más hasta el Café La humedad de Cacho Castaña sin contar los innumerables tangos que hablan del café, ese refugio fiel como dice Héctor Negro, con algo de templo, de posta y de bar.

5 comentarios:

  1. Muy bueno Ricardo, gracias por compatir tu trabajo.

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  2. Siendo un adolescente a mediados de los 60 trabajé ocasionalmente en algunas cantinas de LA BOCA, una noche saliendo de una (no recuerdo cual), vi en la calle que cortaba la que yo caminaba (como un T) un negocio cerrado (aparentemente hacía mucho tiempo), tenía un cartel grande que decia LA MARINA. me llamó la atención el nombre y hasta hoy tengo esa imagen dentro mío, no puedo decir que sea el café antiguo pero hay posibilidades.

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  3. La Marina era un cafè ubicado en la calle Suarez 275 casi esquina Necochea. Era un cafè de tango y poesìa. Allì actuò un trio famoso que integran Genaro Spòsito en bandoneòn Agustìn Bardi en piano y el tuerto Josè Camerano en guitarrra. Raùl Gonzàlez Tuñòn recuerda a este cafè en uno de sus poemas.

    Ricardo Ostuni en respuesta para Bandoneòn

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    1. Ricardo que buen escrito! Aprecio mucho el tango y lo bailo aún. Conocer sobre su origen es maravilloso. Soy de Panamá residente en Manhattan Nueva York Me gustaría abrir un lazo de amistad con usted y los comentaristas acá.

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  4. Qué pena haberlo leído recién hoy y no poder agradecértelo. Un placer saber de mi Bisabuelo Juan Maglio Pacho! Lo guardaré en mi alma. Suana Maglio

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